(trecho inicial da introdução do livro de Horácio Hugo López)
Trilha Sonora: Astor Piazzolla – Combate en la fabrica
Estoy muerto. Nadie que no sea yo puede contradecirme sobre este aspecto de mi existencia. Un agujero perfecto, un hoyo de sien a sien por donde se me fugaron todas las responsabilidades hace de mi muerte algo inapelable y definitivo. Pero yo sé que no es así. He diferido este momento, he dilatado la realización del suicidio porque nunca estuve seguro de que la muerte fuera una liberación, sino una prolongación de la tortura existencial. Ahora veo mi cuerpo: cabeza, tronco, extremidades, nervios para el gusano; y el ajetreo de los que se preocupan de mi muerte en forma oficiosa y circunstancial. Yo que he vivido atormentado por la obsesión de lo dolor físico, veo cómo me abren el vientre y me descuartizan escrupulosamente. Para mí el algo inaudito comprender cómo he necesitado hasta ahora de mis vísceras, de mis células, de mi circulación sanguínea. El engranaje perfecto de todo eso que se llama salud, ha dejado de pertenecerme. Creo que nunca he conocido la salud perfecta, porque nunca consideré salud la cabal organización de mis elementos físicos que estuvo siempre amenazada por todos los innumerables yo que se multiplicaban hipertróficamente, siempre en latitudes agónicas, en mi desmesurada geografía.
Ahora recorro, como un actor que se ya no ha de representar jamás en el proscenio su angustia payasada, ese espacio que a nadie pertenece y desde donde puede contemplar objetivamente las miserias y los dolores de la vida. Desde aquí parece que una gran boca permanece abierta constantemente después de eructar todo lo que ha tragado, y la atmósfera se torna irrespirable y todo hiede, con un olor nauseabundo del que nadie pude escapar.
López, Horacio Hugo. Memorias de un esquizonfréncio. Buenos Aires – Argentina, Editorial Sudamericana, 1962